sábado, 25 de julio de 2009

La UNAM, modelo de ineficiencia e ineficacia

En el 2005, el periódico británico The Times hizo un ranking de las mejores doscientas universidades del mundo y las universidades latinoamericanas recibieron las peores notas; sólo una llegó a estar en el ranking y eso casi hasta la posición final: 195. Muchos rectores de universidades latinoamericanas que fueron entrevistados al respecto, dijeron que no era cierto que sus universidades fueran malas y que ese ranking estaba sesgado. Sin embargo, la Universidad de Jiao Tong de Shangai había hecho su propio ranking de las quinientas mejores universidades del mundo y su elección de las primeras doscientas había sido bastante parecida. 


Ah, quizá los mexicanos no recordemos mucho esos datos, pero si les digo que hablo sobre aquel día en que el periódico La Jornada anunciaba con júbilo en sus titulares “La UNAM, la mejor universidad de América Latina: estudio mundial” o al periódico Reforma con “Está la UNAM entre las doscientas mejores”, entonces quizá la situación cambie. Lo malo es que en esos días, la nota no resaltaba en los títulos o subtítulos la fatídica realidad de ésta: a pesar de recibir un subsidio mucho más grande que decenas de universidades de otros países y mejor posicionadas, obtenía un lugar bastante lejano de las primeras cien en ambos estudios: 195 y 153. Mientras en México celebrábamos que la UNAM apareciera en ambos rankings, en Francia, luego de que se supiera la noticia del estudio de Shangai en donde sólo 22 universidades francesas figuraban en la lista y la primera lo hacía en el puesto 65, se movilizó y empezó a hacer estudios e investigaciones a profundi para mejorar el nivel de sus universidades. Esta noticia, en vez de haber generado debate en latinoamérica y exigir la revaloración y evaluación de la calidad académica de sus universidades, sólo mostró el estado de negación en el que todos los estos países estaban sumidos. Aunque para México, sin embargo, esto se tomó como un nuevo pretexto (alias argumento), al menos por parte de la UNAM, para mantener su postura negativa ante la evaluación de los mecanismos de acreditación de sus respectivos ministerios de Educación; porque sí, tal y como Jeffrey Puryer lo señalaba: “Gran parte de las universidades latinoamericanas son estatales y los gobiernos no les exigen mucho en materia de control de calidad. Y cuando intentan exigirles calidad, las universidades se resisten escudándose en el principio de la autonomía universitaria”.


Es necesario preguntarse cómo pretenden entonces estas universidades demostrar su grado de competitividad y calidad contra otras no sólo nacionales, sino también internacionales, cuando se niegan a la evaluación externa. Y en cuanto a esta supuesta “autonomía”, lejos de preguntarnos si la merece o la tiene, más bien deberíamos preguntar  ¿ha demostrado realmente hacer un buen uso de ella? Porque ¿qué nos puede decir la UNAM con respecto a la recepción de 1 500 millones de dólares que no se veían reflejados ni siquiera en la infraestructura de su universidad (con la excepción de las respetables escuelas de Medicina e Ingeniería)? Suena como que alguien debería rendir cuentas cuando sus resultados señalan que ni ha alcanzado un nivel adecuado para preparar a los jóvenes para moverse en este mundo globalizado ni mucho menos les deja saber cómo están académicamente enfrentándoles contra otras instituciones ya no internacionales, sino con las mismas nacionales. Es posible que a la UNAM esta psicosis paranoica, casi contagiosa, de que el mundo, o México, está en su contra carece de toda clase de fundamento razonable cuando la misma universidad sabe que las cuentas no las debe rendir tanto con el gobierno, sino con los contribuyentes. ¿Es control político y algo irracional pedir que esta universidad y muchas otras brinden las evidencias que comprueben que efectivamente su calidad académica es excelente?


Recordemos lo que decía sobre ese gran porcentaje estudiantil en Ciencias Sociales, Artes, Humanidades y Medicina (80%): En el perfil de ingreso y egreso, generalmente la universidad expone, con más o menos palabras, que el alumno será consciente de la realidad mexicana y/o demostrará solidaridad con las clases más desfavorecidas  y también dará propuestas de solución (no los de Medicina, claro) para ayudar a quienes más lo necesiten, etc. ¿Esto realmente se va a cumplir o se está cumpliendo cuando más del 30 por ciento de los estudiantes en universidades estatales pertenece al 20 por ciento más rico de la sociedad? Si se preguntan qué tiene que ver esto con lo otro, veamos: Mientras en China todos sus estudiantes pagan por sus estudios y contribuyen con esto a subsidiar el aprendizaje de los más pobres y a mejorar el nivel de sus universidades, en México, 60 por ciento de la población estudiantil universitaria total proviene del 20 por ciento más rico de la sociedad y, por tanto, al momento de hacer el examen o tan sólo en los primeros meses de haber entrado, la gente de origen humilde que fue a escuelas públicas, llegan tan mal preparados que reprueban y la mayoría abandona la universidad en poco tiempo. Así que ¿cómo estas personas que están estudiando algo cuya ideología básica es ir en pro de la igualdad social “no se da cuenta” del daño que le está haciendo a la clase pobre al no proponer o exigir a la universidad y al gobierno formas de subsidiar su aprendizaje? Tan sólo la UNAM se lleva 30 por ciento del presupuesto nacional para educación superior que está destinado a todas las universidades públicas del país.


Hace poco más de una década, los países europeos dejaron de lado la educación universitaria gratuita para cobrar a todos aquellos que pudieran pagar. Por supuesto con esto no estoy invitando a las universidades públicas a que se excedan con lo que cobren; en España, por ejemplo, los estudiantes de todas las universidades públicas pagaban en el 2005 unos 550 dólares al año, o sea unos 46 dólares por mes, y eso sólo aquellos que no vinieran de hogares pobres o de familias con más de tres hijos. Después, en algunos países latinoamericanos, se comenzaron a tomar las mismas medidas: Chile, Colombia, Ecuador, Jamaica y Costa Rica. En México, sin embargo, cuando esta medida trató de ser introducida durante el periodo de Ernesto Zedillo, en 1999, tuvo lugar una huelga y después, Vicente Fox no removió el tema. A la fecha, todo sigue igual, o tal vez peor como les informaré más adelante.


Regresando con China, ésta tenía a la Universidad de Beijing en el puesto 17 de acuerdo con The Times y otras dos en el puesto 39 y 61, respectivamente; y esto no lo lograron porque otorgaran más dinero a sus universidades, porque, de hecho, el gobierno apenas gastaba el 2.1 por ciento del PBN, menos que casi todos los países latinoamericanos, según el PNUD y el argumento dado por los representantes chinos era “que eso es todo lo que se podía dar a la educación, porque no había más”. En el 2003, las universidades chinas se financiaron en un 65 por ciento con fondos del Estado y en 35 por ciento con cuotas a sus alumnos que variaban de entre 500 y 600 dólares. 


Entonces, si un país comunista, aunque esta condición se mantuviera ya en muchos aspectos como retórica (mas nunca, aclaro, dejado de lado como ideal), estaba cobrando a sus estudiantes, ¿por qué América latina sigue defendiendo la educación universitaria gratuita? Muchos dirían que se debe a la corrupción que hay en los sistemas y que no permitiría que el proyecto fluyera como estaba ideado: directamente en ayuda a los pobres; sin embargo, les recuerdo que China para entonces y aun ahora es uno de los países con mayor índice de corrupción, y a pesar de esto lo logró. Lo cierto es que esta causa ya no tiene ningún atisbo de defensa por la igualdad y es, más bien, retrógrada.


Otra cuestión de debate es la cantidad de alumnos que entran a la universidad y la cantidad que la deja sin concluir sus estudios, traduciendo esto último como la inversión que los contribuyentes hacen en cientos de miles que nunca van a terminar la universidad. Mientras en Argentina dos de cada diez que entran a universidades estatales se gradúan, en México, para el 2005, de los 1.8 millones de estudiantes poco más del 30 por ciento se terminaba titulando. En Chile y Colombia, que tienen cupos para entrar a las universidades, las cifras son un poco más positivas cuando se reciben tres y cuatro de cada diez. Y si agregamos, encima, la cantidad de estudiantes que pasan 7 o más años en las aulas, como el conocidísimo caso de AMLO que pasó nada más y nada menos que 14 años en la UNAM, quizá el contribuyente empiece a entender mejor cómo se pierden sus impuestos. Luego, mientras el 40 por ciento de 6 millones de estudiantes chinos reprueban el difícil examen de admisión obligatorio para todas las universidades y sólo el 10 o 20 por ciento entra a las mejores universidades, en México, la UNAM recibe a un 85 por ciento de sus alumnos sin ningún examen de ingreso. 


Hablemos de resultados. Les he hablado del número de patentes que se registraron en México de 1977 al 2003 y del 2003 al 2007, en una entrevista televisiva realizada por Andrés Oppenheimer al entonces rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, puntualizó, y no sin nada de orgullo, que “la UNAM realiza 50 por ciento de toda la investigación que se hace en México”, y tal como Oppenheimer lo confiesa en Cuentos Chinos, ¿cómo no va a ser así cuando la UNAM se lleva un subsidio, de parte del gobierno, tan exagerado para cualquier universidad en pleno siglo XXI? Así que, en serio, ¿dónde estaba reflejado el resultado de esos 1 500 millones de dólares en el 2005 (18 mil 32 millones de pesos, 9.6% más que el año anterior) donde el 60 por ciento fue dirigido a la docencia y apenas 26 por ciento a la investigación? ¿Y dónde se ven ahora reflejados los 22 mil 223 millones 490 mil 70 pesos del 2008? Y después vemos la reacción que tienen cuando se enteran de que habrá un recorte de presupuesto en donde tenían calculado que del total de 79 mil millones de pesos, 24 mil 337 millones serían destinados para la UNAM, que, por cierto, sería casi el 31 por ciento...


Comenzando con esto de que la UNAM se enteró, trae a la mesa otro tema. No es un secreto que la UNAM tiene una fuerte influencia del PRD, tercera fuerza en la vida política mexicana. Javier González Garza, coordinador de diputados del PRD, de acuerdo con el periódico La Jornada, denunció la intención de las autoridades hacendarias de recortar el presupuesto federal antes de que éste fuera oficialmente anunciado y decir que la UNAM y las demás universidades públicas serían las primeras afectadas, declarando que, de concretarse, “sería gravísimo y por ello todos debemos estar alertas”. Inevitablemente su declaración nos hace preguntarnos si acaso estará realmente informado acerca del panorama mundial que les he descrito y que no se dio ayer, sino hace más de una década. Al menos en lo personal me hace preguntarme, sobre todo, si los mismos estudiantes de la UNAM están al tanto de que esto es el siglo XXI y que lo importante no es sólo lo que está pasando en EUA o, vulgarmente hablando, cruzando el charco, sino, más importante aún, lo que está pasando con nuestros conocidos del sur, el resto de los países latinoamericanos: Chile y Argentina produciendo más ingenieros que México, Chile y su decisión en el 2004 de adoptar el inglés como segundo idioma oficial, Brasil y sus tres metas cumplidas (la Unión Suramericana, el ingreso de Brasil al Consejo de las Naciones Unidas y el logro de la firma del ALCA). Es evidente que ellos ya están despertando y, sobre todo Brasil y Chile, pueden quitarle a México las aspiraciones para los próximos años si continúan egresando estudiantes sin un nivel de competitividad alto. Todo esto gestándose mientras al coordinador de diputados del PRD se le ocurre declarar que “le parece un mal negocio quitar recursos a las universidades y destinarlos a la construcción de cárceles”; ¿por qué no obligarlas a generar recursos?


Entonces ¿qué podría hacer México con lo que se llegase a ahorrar del subsidio destinado a la UNAM? Necesito recalcar, para que no se alarmen pensando “¿Cómo se va a mantener la UNAM (ahí la ironía de su nombre...)?”, que mientras las universidades chinas obtenían en el 2005 el 35 por ciento de sus fondos de los estudiantes, México obtenía sólo 2 mil 406 millones 820 pesos, lo que representa casi el once por ciento de sus fondos cuando un 30 por ciento de sus estudiantes es perfectamente capaz de aportar más de lo que se ha requerido hasta el momento. Otro dato es que cuando la UNAM estaba recibiendo 1 500 millones de dólares para enseñar a 260 mil estudiantes en el 2005, Harvard recibía 2 600 millones para enseñar a unos 20 mil estudiantes; pero, aclaro, este subsidio no era otorgado por el gobierno solamente, sino que eran en parte generosísimas donaciones hechas por sus mismos ex alumnos, pagos de los estudiantes a los que cobraba y la firma de contratos millonarios para la investigación con el sector privado y el Estado que la Universidad misma buscaba, es decir, no se esperaba a que le cayeran del cielo. 


Siendo francos, ¿qué nos está dejando el mantener no solamente a la UNAM, sino al resto de las universidades públicas que no están dando resultados? ¿Algún día estarán realmente cerca de ser “autónomas”? ¿Es posible que en algún momento serán congruentes las acciones tanto de los responsables como las de los estudiantes con respecto a los objetivos de las carreras predominantes? Y, sobre todo, ¿cuándo será capaz el gobierno de ponerse los pantalones para exigir los resultados y las cuentas sin temer que, como una esposa dramática e histérica, la bola de estudiantes firmes en su postura “en contra del neoliberalismo salvaje y la injusticia social” se levanten acusándoles de eventos pasados (como el tan renombrado año de 1968) y continúen haciéndose las víctimas? Ciertamente ya no estamos en los años 60s o 70s y tampoco vivimos en China, donde la prensa y los medios de comunicación en serio son observados día y noche por miles de personas dedicadas a proteger la reputación del único partido político del país, porque, para empezar, ni siquiera tenemos el número de especialistas para cubrir esto. Y como ya no estamos en el siglo pasado, México tiene que entender que el papel de víctima, a través de la historia, se ha convertido o ha revelado su identidad real como el victimario.


Mientras “la mejor universidad de latinoamérica” continúa siendo el modelo perfecto de la ineficiencia por la ausencia de resultados y de la ineficacia derivada de su negativa a ser avalada por el CENEVAL, nos estamos quedando, de nuevo, atrás en esta nueva era del conocimiento. Sería bueno que, cuando menos, al final no dijésemos, una vez más, “Todo es culpa del gobierno” o, para colmo, a lo Chávez, “Esos resultados son una calumnia elaborada por los neoliberales”.





Bibliografía consultada:


- Becerril, Andrea. (2009). Pretende Hacienda recortar presupuesto a la UNAM, advierte González Garza. La Jornada.

- Olivares Alonso, Emir. (2009). La UNAM no aplicará ajustes a su presupuesto, responde a la SHCP. La Jornada.

- Oppenheimer, Andrés. (2005). Cuentos chinos. (1ra. ed.). México: Plaza Janés.

- Rivera, Marisa. (2005). Aprueban presupuesto para la UNAM de 18 mil mdp. Disponible en: http://www.esmas.com


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